S?bado, 09 de enero de 2010
Por Byjana @ 20:50  | Paranoyas
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Este texto tiene más de 20 años nada más y nada menos. Lo he encontrado en un post del Foro de Transformers Hispanos. La traduccion es de torredelarte, y ha aparecido en el número especial de "El puercoespín", de la legion extrangera Klatchiana. Es un newsletter para los fans de Terry Pratchett.

NAVIDADES ALIENÍGENAS

El siguiente texto apareció en el número 50 de Ansible, el boletín del escritor David Langford, correspondiente a los meses de agosto/septiembre de 1987. Lo pronunció Terry Pratchett después de una cena en Beccon, hace solo 22 años y medio. El texto original se puede encontrar aquí.


Qué gran idea, ¿verdad? Mucho mejor celebrar la Navidad en esta época del año que a finales de diciembre, cuando las tiendas están siempre llenas de gente. Me recuerda a los discursos navideños de la Reina a toda la Commonwealth, allá por los 50, con la estampa tradicional de los australianos comiendo gambas congeladas, pavo asado y pudín de Navidad en la playa de Bondi. Siempre había un árbol de Navidad plantado en la arena. Estaba decorado con lo que ahora pienso que es vómito.

La semana pasada me tocó una especie de galletita de la fortuna donde decía "Tu rol es el de Comilón". Me pareció genial: me gustan los juegos de rol, nunca había sido un Comilón, me pregunto cuántos puntos de vida tiene. Y después vi otro mensaje debajo donde ponía que a las 22.00 mi rol sería Orador Post-Cena Navideña, algo que solo cabría encontrar en la peor mazmorra: un monstruo que se tambalea, con una camisa blanca con adornos, mientras busca a gente que lo escuche. Tres horas después, los exploradores aparecen petrificados de aburrimiento, con el café congelado y la chocolatina de menta derretida en las manos.

Todo esto me recuerda por qué dejé Dungeons & Dragons. Había demasiados monstruos. En los viejos tiempos podías ir a una mazmorra sin encontrar mucho más que algunos orcos y hombres lagarto, pero de repente todo el mundo empezó a inventarse monstruos y al poco tiempo resultaba que, llevando una maldita espada mágica, lo que realmente necesitabas para ser un aventurero de verdad eran los quince volúmenes de la Guía sobre Mostruos de Marcus L. Rowland y la capacidad de leer muy, muy rápido, porque si no eras capaz de reconocerlos desde fuera te encontrabas rápidamente con la oportunidad de echarles un
buen vistazo desde dentro de sus amígdalas.

En fin, ese papelito decía que me tocaba hablar sobre Navidades Alienígenas, lo cual me venía bien porque siempre me gusta saber de qué tema me voy a desviar. Lo intentaré; he sido muchas cosas malas en la vida aunque, gracias a Dios, nunca he sido muy fan de "Los 7 de Blake".

En cualquier caso, las Navidades ya son bastante alienígenas por sí mismas. Es curioso, pero cuando ves imágenes de Santa Claus siempre lleva los mismos juguetes en el saco. Un osito de peluche, una muñeca, una trompeta y una locomotora de madera. Siempre. Algunas veces también lleva algunos bastones de caramelo a rayas rojas y blancas. No sé por qué, pero nunca se ven en las tiendas, y si algún niño pide una locomotora de madera hoy en día, significa que vive en el fondo de un agujero en una isla desierta y que nunca ha oído hablar de la televisión, porque las últimas Navidades mi hija recibió un montón de juguetes (algunos coches, un avión, cosas así) y no se parecían a aquello en absoluto. Todos y cada uno de sus regalos eran robots.

Y no simples robots. Conozco el aspecto que deben tener los robots; de niño tuve un robot. Se veía que era un robot: tenía dos ruedas dentadas en el pecho y los ojos se le encendían cuando le retorcías la llave, lo cual es normal, ya que le pasaría a todo el mundo. Y también tenía un Robot Mágico... bueno, todos tuvimos uno, ¿no? Y cuando nos hartábamos de la autosuficiencia con que se paseaba por su espejo y acertaba todas las respuestas, las arrancábamos para colocarlas de otra forma porque nos salía de las narices. Si es que éramos unos demonios.

Pero estos nuevos robots son subversivos. Son robots camuflados.

A nuestro alrededor se está librando una especie de guerra robot. Yo aún no la acabo de entender, aunque parece que los críos están increíblemente bien informados sobre el tema. Parece que los robots buenos se distinguen de los malos en que los buenos tienen cabezas
humanas, algo como aquella escena de "Saturn Five", ¿os acordáis? Esa en la que al robot se le ocurre que la mejor forma de parecer humano es cortarle la cabeza a algún humano y clavarla en su antena. Todos los robots tienen la misma pinta que un jugador de fútbol americano recién atropellado por un Volkswagen.

Van por ahí salvando el universo de otro puñado de robots, entendiendo "salvar el universo" como "grandes batallas láser". El universo no tiene muy buena pinta después de que lo salven, pero, qué narices, está salvado.

De todas formas, ninguno de sus regalos parecía lo que debería parecer. Una colección de rocas de plástico resultaron ser Señores Roca, con nombres excitantemente rocosos como Pedrusco y Pepita. Sí, otro hatajo de putos robots. De hecho, la única cosa navideña
que había en nuestra casa era el nacimiento, y no estoy convencido del todo de que, pulsando un botón, María y Josoide no fueran a luchar por su dominio contra los Tres Reyotes.

El más raro de todos, sin embargo, era Kraak, Príncipe de las Tinieblas. Por 14,95 libras debe de ser una ganga de príncipe de las tinieblas. Es un zoide, probablemente del planeta Zoide de la galaxia Zoide, porque aunque los modelos son bastante buenos, el argumento que tienen detrás es una mierda, el equivalente en la ciencia ficción a una hamburguesa de McDonald's. Pero me gusta el bueno de Kraak, aun así, porque solo tardamos toda la mañana del día de Navidad en montarlo. Está hecho de plástico rojo y gris, un auténtico milagro tecnológico del poliestireno, y tiene el mismo aspecto de un pollo que lleve muerto, digamos, unos tres meses. Métele dos pilas por su culo de robot y empieza a aterrorizar a todo el universo, tal y como asegura el anuncio, y lo hace así: camina unos veinte centímetros muuuuuuuuy lentamente, dando pena, mientras se le retuercen docenas de pequeños pistones de plástico, y entonces se cae.

Kraak tiene ese instinto de supervivencia que hace a un piloto kamikaze parecer un voluntario de seguridad vial. No sé cómo será el terreno allá en Zoide, pero le resulta bastante difícil desplazarse por la típica moqueta de dormitorio. Aunque no me sorprende que aterrorice a todo el universo: debe ser bastante aterrador que te caigan encima toneladas y más toneladas de robot de guerra, con sus piececitos dando vueltas tristemente. Te entran ganas de suicidarte por solidaridad. Ah, y tiene otra arma diabólica: se puede arrancar la cabeza y colarla debajo del sofá. Eso sí que da miedo. Lo hemos probado contra otros zoides, y puedo deciros que la tecnología de los robots de combate consiste, básicamente, en caer delante de su adversario para intentar que tropiece. Es una tarea difícil porque el instinto natural de todos los zoides es caerse tan pronto como apartas la mano.

Pero incluso Kraak tiene problemas comparado con un robot que nos enseñó un vecino orgulloso. Un Transformer, creo que era. No está construido solo como un coche o un avión, es una flota entera de vehículos que, en cuanto amenaza el desastre, se arman formando una única gran máquina de guerra. Esa es la teoría, al menos. Apuesto a que en el momento de la verdad esa puta cosa deberá afrontar la batalla a medio montar porque su torso lleva retraso en el aeropuerto de Gatwick y su pierna izquierda está en un atasco a las afueras de Luton.

Hace poco vimos "Santa Claus: la película". ¿Alguien la ha visto? Bastante espantosa; la única risa es cuando aparentemente dejan que el reno esnife coca para conseguir despegar. No me extraña que Rudolf tenga el hocico rojo si se pasa media vida con un rulo dentro.

De todas formas, deberíais ver el taller de Santa Claus. Justo como pensaba. Cada maldito muñeco está hecho de madera y pintado con colores chillones. Es posible, y de hecho supongo que es probablemente inevitable, que si accionas el interruptor correcto de los balancines o las encantadoras muñecas de madera, también se conviertan en robots, pero lo dudo. Examiné cuidadosamente el lugar y no había una sola máquina de moldeado de plástico. Ni uno solo de los elfos tenía pinta de saber por qué lado coger un soplete. No vi ninguno de los juguetes verdaderamente tradicionales. Ni Rambos, ni modelos de plástico de Karate kid, ninguna de esas raras máquinas didácticas diseñadas para enseñar a tu hijo a hablar como un controlador de la NASA con sinusitis y una edad mental de cinco años.

Bueno, pues tengo una teoría para todo esto. Básicamente, es que los Santa Clauses son específicos para cada planeta y nosotros tenemos el que no nos tocaba.

Sospecho que fueron las pruebas nucleares a principios de los 50 las que se cargaron el, ya sabéis, el tejido del tiempo y el espacio. Las pruebas secretas en el polo norte abrieron un, bueno, una especie de agujero interdimensional, y todo lo que hace Santa Claus se desvía de alguna manera a Zoide o a donde sea, y a nosotros nos llega todo lo que hace el otro, y como es un robot de plástico, solo fabrica cosas que se le dan bien.

Los que lo deben llevar peor son los niños de Zoide. Se levantan la mañana de Navidad, se desenchufan de sus unidades de recarga, traquetean hasta el final de la cama (parando solamente para caerse un par de veces) disparándose juguetonamente sus lásers de la megamuerte, echan un vistazo en sus recintos portátiles de almacenamiento y ¿qué encuentran? No son los instrumentos del caos de juguete que esperaban, sino trenes de madera, trompetas, muñecas de trapo y esos bastones blancos y rojos que nunca ves en la vida real. Juguetes que no necesitan pilas. Juguetes que no hay que montar. Juguetes con barniz en vez de plástico. Juguetes alienígenas.

Y debido a esta cosa increíble del espaciotiempo bidireccional, nuestros niños reciben el resto. Rarísimos Masters del Universo de plástico que son a la imaginación lo mismo que la lija a un tomate. Juguetes alienígenas. Quizá esté hecho a propósito, para convertirlos a todos en Zoides. Como dice la canción, mejor andarse con ojo...

Aunque de todas formas, no creo que funcione. Eché un vistazo en la casa de muñecas de mi hija. El bueno de Kraak anda por allí desde que se le gastaron las pilas y sus megacañones se desmembraron. Mr. T lleva ahí ya un par de años, desde que mi hija descubrió que le entraba la ropa de Barbie, y en el baño vive una extraña mujer gato de plástico.

No sé por qué, pero lo que vi me llenó de esperanza. Kraak estaba tomando el té con un perro mecánico, dos Playmobils y tres muñecas. No estaba intentando fulminar a nadie. No importa con qué nos bombardee Santa Claus, podemos con él...

Y ahora vuestros papás y mamás vendrán a llevaros a casa. No os olvidéis de llevaros los globos y los cotillones, y recordad que Papá Noel pronto estará repartiendo regalos a los niños y niñas que hayan sido buenos y se lo hayan ganado.

-+-
Terry Pratchett.

Tags: Terry Pratchett

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