Jueves, 05 de noviembre de 2009
Anariel despertó sola.

La luz del dia se filtraba por las rendijas de la ventana. Estaba semitachonada por un tablon podrido, y las partículas de polvo flotaban girando lentamente en los delgados rayos luminosos. Vestigios de un tiempo en que se hacia lo que se podia, con lo que habia.

Se incorporó en la cama. Olía a noches pasadas, a pasión, a cadenas, a sensaciones perdidas, acabadas.. no controladas, imágenes de escenas que  parecían imposibles.

Sus pequeños pies se posaron sobre los carcomidos tablones del suelo, y un reguero de seda azul claro de su camison dejaron una estela en el sucio piso.

¿A quien habría pertenecido antes? ¿Que mujer habría sufrido a manos de Kira un tormento para que ella lo llevase? A veces al tocar una prenda de las que le traían de los botines, un objeto, un grito resonaba en su mente, o la sensación negativa que esta desprendia le obligaba a arrojarla lejos.Durante mucho tiempo había tenido un solo vestido, hasta que este dejó de serle util.

Aquel camison no le decia gran cosa, se sentía comoda por eso lo llevaba,hacia ya algunos meses, la habían traido, con lo puesto desde el Reino del Oeste para entregarla a  su nuevo amo Kira, el sanguinario , el déspota, sin gran cosa mas que sus útiles médicos, asi pues carecía de vestuario propio y estaba acostumbrada a llevar cualquier cosa.

Y aun estaba viva, sorprendente, y mas sorprendente aún sin graves daños.

Se contaban cosas espantosas de aquel hombre, tan horrendas que los viejos hablaban en voz baja y las mujeres fingian no escuchar. Tan macabras que mucha gente giraba la cabeza al oir su nombre.



Y aquel era su amo, y cada mañana, durante muchos dias despertó pensando "hoy sigo viva". 

Se acercó a la ventana. Un olor a barniz y rancio se adueñó de la estancia. Tampoco es que hubiera mucho mas que ver, porque detras de ella solo una cama destartalada (que en tiempos debió ser magnífica) y una pequeña mesa con su silla, dominaban el lugar. Anariel, no tenía armario, pero en cambio si tenía un botiquin , cuya limpieza y brillo de los instrumentos contrastaba con el ambiente. También tenía una bañera de plata y un cepillo lacado, cosa que habría sorprendido a alguien si hubiera visto aquella habitación. Las cosas de Kira, a veces le traía cosas nuevas en un intento de agradarla.

La elfa pensó en aquel momento lo extraña que era su vida. Durante meses había deseado morir, o matar a su amo, lo cual venía ser lo mismo, y sin embargo ahora deseaba mas o menos lo mismo pero con una variante..... que no habría podido hacerlo.

La primera vez que había oido los gritos, se había encogido sobre si misma durante toda la noche. Su dueño no solía ser amable con sus víctimas, y ella no podía hacer nada por ayudarlas. A veces, le traian mujeres de enormes ojos llorosos, o niños asustados, o incluso hombres con graves heridas de pelea. Parecía extraño pero Kira tenía un extraño código de honor en el cual determinadas personas merecían la vida o una muerte digna, que curiosamente para el era casi lo mismo.

Después se acostumbró a su voz ruda, a verlo deambular con aquellas mujeres que formaban parte de su compañía. Y aprendió a dominar la rabia. Dejo de importarle, o eso creyó durante un tiempo , hasta que se derrumbó y tuvo que admitit que amaba a un monstruo.

Pero el Monstruo, cambiaba junto a ella. La miraba, la acariciaba el pelo y cuando ella lo oia soñar a traves de las paredes, veia al niño torturado por unos padres que habian creado un azote para el mundo.

Kira no estaba loco. Ella lo sabía, y también sabía, que en su cordura habitaban muchos seres aun peores que el, y que un día quizás ella no amanecería.

Habría que aprovecharlo mientras pudiera.

Tiró del tablón que cedió por un lado, dejando que la luz dorada del amanecer le acariciara el brazo y el cuello. Imágenes de la noche anterior pasaron por su mente. Su olor, sus brazos...aquellos brazos que habían causado tanta desgracia, a ella la protegían...

Era curioso...

El tablón medio carcomido, cedió por el otro lado y la estancia se hizo mas acogedora,  moldeada por unas manos mas amables.

Los fantasmas se disiparon.

Anariel volvió a la cama y se tumbó en ella.

Al fin y al cabo había que disfrutar las cosas mientras se pudiera, y el amor era ciego, decian.

A varios centenares de metros un hombre acababa de abatir a un par de hermanos. Echaba en falta algo, pero no sabia muy bien que, o no quería reconocerlo.

Sacó la espàda ensangrentada del cuerpo del joven, y un rayo de luz brillo de lleno en ella reflejando el oro sobre el metal bruñido.

El amor era ciego decian.

Eso dicen.


Tags: fan fics, Arlington

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