Lunes, 29 de junio de 2009
Por Byjana @ 0:26  | Relatos
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Rastalf saboreaba el humeante café que le había dado una mujer. Soplaba el vapor que formaba una nube densa con olor mezclado de café y marihuana. Sostenía con las dos manos el tazón que le calentaba. Sorbía lentamente. Normalmente el hippie vivía el momento sin pensar en el segundo de después, pero el nudo en la boca del estómago no hacía más que recordarle que a lo mejor ese paisaje nevado sería el último que viera. Nunca se había planteado cómo seria su muerte. Pero era curioso, porque no temía por él, no le preocupaba morir, le preocupaba que sus compañeros morirían también. Había confiado en ellos sin dudas, sin reparos. Le caían bien. Eran cómo él, pero distintos. Quería protegerles. Quería seguir con ellos pasara lo que pasara. Era extraño. Había dejado a su propia familia para vivir con extraños en una comuna. Esos extraños se habían convertido muy pronto en amigos, pero esos chicos, esos cambiaformas que había conocido a penas una semana atrás, se habían convertido en su familia.

Dio una calada al porro, lentamente. Miró a lo lejos la cabaña de ese tal Konietzo que parecía tener el destino de todos ellos en las manos. Cerró los ojos. En su fuero interno apeló a la Diosa para que les protegiera, les ayudara. Él había sanado con sus manos. Él sabía que la magia existía, creía en la Diosa y la Diosa les había despertado. Ellos eran la prueba que Ella no había perdido la fe en sus guerreros, había dicho Lanegra. Todo iría bien. Él era un Hijo de Gaya. Y una madre siempre escucha a sus hijos. O al menos eso esperaba. Sorbió un poco del café amargo de la taza.

Tan concentrado estaba en sus pensamientos que no escuchó el griterío hasta que los reunidos de podían contar por decenas. Algo pasaba en el fondo del cráter por donde habían venido. Dio otra calada distraída al porro mientras su curiosidad y el humo de éste en sus pulmones menguaban la presión en la boca del estómago. Se acercó lentamente al centro del túmulo.

Allí vio a Lanegra, que parecía describir a Gabriel, voz en grito para hacerse oír, lo que estaba ocurriendo en el fondo del cráter. El ciego estaba de puntillas, y parecía escrutar el foco de tal revuelo. ¡Le caía bien, ese metis! A lo lejos vio venir trotando a Artemisa, con la ropa rota y desgarrada. Intentaba con una mano recuperar un poco la dignidad de su atuendo, pero sin mucho éxito. Detrás de ella y con las manos en los bolsillos, venía Drackk. ¡Ya había llegado! Natasha llegaría más tarde, le había dicho la Furia.

-¿Qué ha pazado? –Gritó Artemisa.-¿Noz hemoz perdido algo?

Lanegra se giró y reparó en Rastalf. Le saludó con la mano. Cuando la pareja de ahroun llegaron, ella les explicó, elevando la voz entre el griterío:

-¡Ya han llegado los Uktena y los Wendigo! ¡Pero se espera que lleguen ahora también los Hijos de Gaya, Contemplaestrellas, Moradores del Cristal y Furias Negras!

-¿Wendigo? –Preguntó Rastalf.- A esa tribu todavía no la conocía. ¿Quiénes son?

-Mira, son aquellos de allá que parece que vengan de Tejas. –Dijo Lanegra.

-¡Ah! ¡Zon americanoz! –Dijo Artemisa.

-¿Cómo lo sabes? –Dijo con picardía Rastalf.- ¿Por los sombreros de cowboy o porque llevan la bandera de Estados Unidos bordadita en el bolsillo posterior de los tejanos? -Artemisa lo miró, sin comprender.

-Sí, son americanos, y se les ve a la legua, cómo insinuaba Rastalf. –Dijo entre risas la mulata.

-¡Eh! –Les dijo Gabriel para llamarles la atención.- ¡Que llegan los Hijos de Gaya!

Rastalf se apoyó en el hombro de Gabriel para ver mejor. La superficie de la piedra que había en el centro del hoyo ondeaba como si fuese plata líquida. El Margrave Konietzo estaba plantado frente a ella, con sus dos guardaespaldas dorados a los costados. De dentro de la puerta lunar salió un chico moreno, delgado, y que vestía unos pantalones a rallas, una sudadera con el logo de Green Peace y un pañuelo palestino. Miró alrededor y saludó con la mano. Detrás de él salieron dos jóvenes más con las mismas pintas, un chico y una chica. Los tres chocaron informalmente la mano con el Margrave, que se sentía un poco violentado por un comportamiento tan coloquial. Uno de los crinos dorados los presentó. Escuchó que al primero lo llamaba Stuard Amante de la Calma, al segundo Anthony Arco Iris, y a la mujer Shandra Llama a la Lechuza. Le hacían gracia esos nombres a lo indio que tenían algunos garou.

-Oye, tía. –Le dijo a Lanegra.- ¿Por qué tienen esos nombres tan raros?

-Porque ese nombre raro que tú dices es su nombre de garou. Alguien los bautiza así a raíz de una gran amistad, una hazaña o alguna habilidad que tengan. –Le contentó. Rastalf movió la cabeza afirmativamente para indicar que lo había entendido.

-¡Eh! –Volvió a llamarles Gabriel.- ¡Que vienen los Moradores del Cristal!

También eran tres. Esta vez los tres eran hombres. Vestidos de un impoluto traje, con una sobria corbata y peinados a conciencia. Se acercaron a Konietzo con una reverencia y le entregaron algo. Parecía una tarjeta de visita. También los anunciaron, pero Rastalf casi no escuchó los nombres. Stan No-se-que-del-Castillo, Marc Sombras-en-Algo, y del tercero sólo pilló el nombre humano, Favien. Tampoco recordaba que Lanegra hubiese mencionado esa tribu, pero se veía a la legua de donde venían: de una gran cuidad inglesa, Londres quizá. Eran yupies.

Emocionado, Gabriel volvió a llamar su atención. Ahora entrarían los Contemplaestrellas. En esta ocasión sólo entraron dos garou. Un hombre, con rostro oriental, de unos cincuenta y tantos, vestido con el traje tradicional de gala japonés, una especie de kimono oscuro con dos bolitas de peluche en el cinturón. El otro oriental era más joven, esbelto y llevaba el cabello recogido en una larga cola. Vestía una especie de atuendo militar antiguo, hecho cómo de cuero, y caminaba unos pasos por detrás del otro. Rastalf lo miró mejor. Había algo que no cuadraba. Andaba extraño. Le recordó vagamente a cuando alguien intenta hablar un lenguaje que no es el suyo. Ese chico andaba “con un acento raro”.

-Es lupus.- Dijo Lanegra. El hippie la miró, interrogante.- Del mismo modo que tú eres humano y te transformas en lobo, ese chico es un lobo que se transforma en humano.

¡No había caído en eso! O sea que ese chico era un lobo-hombre. Por eso andaba extraño. Lo miró. Seguía al otro que parecía que fuese su maestro. El japonés de más edad hizo una escueta reverencia ante Konietzo, el joven hincó una rodilla. Los anunciaron cómo Akira Que Mira Sueños y Shinji Lobo del Templo.

-¡Artemisa! –Volvió a gritar Gabriel.- ¡Que ahora llegan las Furias Negras!

Rastalf miró a Lanegra. Una sombra pasó por su rostro. No pudo decir si era preocupación o ansiedad. Entraron cinco hombres y una mujer. Tres de los hombres parecía que llevasen una caja grande, del tamaño de un ataúd. La mujer parecía la líder. Pequeña y movediza, con un peinado que le recordaba a los Jackson Five, se acercó a Konietzo y hizo una reverencia. El crinos dorado que anunciaba los nombres de los recién llegados presentó a Kenoloke Greña Salvaje. Informó también que regresaban los Colmillos Plateados que habían estado defendiendo el túmulo griego con las Furias Negras. Dos de ellos no habían regresado, pero cómo deferencia, Akana Joroñe que Joroñe, alfa de la manada del Legado Antiguo, había preparado sus cuerpos para que fuesen enterrados en suelo Noruego. Además, cedía dos de sus guerreros al Margrave, que eran los otros dos hombres que no cargaban con la caja. Uno de ellos, sin ningún cabello en su cuerpo, fue presentado cómo Ares Cachorro Eterno. El otro, tenía un indudable parecido con un afamado cantante portorriqueño, y lo presentaron cómo Diego Escruta el Alma. Rastalf sintió que Lanegra aguantaba la respiración.

-¿Furias Negras… machos? -Preguntó Rastalf. – ¡Me pensaba que era una tribu de tías!

-Son metis, -Dijo Demothy. Rastalf dio un respingo, no lo había escuchado llegar.- El tal Ares no tiene pelo, y el Escruta-lo-que-sea lleva una banda en la frente. Seguro que para esconder un cuerno o algo así, ya lo veras. Hijos de Furias Negras.

Rastalf miró a Lanegra, pero ésta parecía pendiente sólo de los recién llegados. Tenía los ojos muy abiertos. La mujer del pelo a lo afro la vio y le saludó con la mano, pero ella no le contestó. Siguió su mirada y vio que el joven de la banda en la frente también la miraba.

-Lanegra, -Le preguntó.- ¿Los conoces?

-Bueno, -Dijo ella, volviendo a la realidad.- a Kenoloke sí, a los otros dos… les he visto en un par de ocasiones, nada más.

Rastalf supo enseguida que le ocultaba algo.


Tags: Manada_Luna_Fría

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