Martes, 26 de mayo de 2009
El barco entraba lentamente al puerto, coma una sombra espectral su negrura, de esa que atrapa toda la luz como el más profundo agujero negro, fue cubriendo toda la ciudad trayendo consigo la plaga, la muerte. En la oscuridad de su camarote Alejandro disfrutaba de la clásica escena del Nosferatu de Murnau, le fascinaba el mito que la humanidad había tejido en torno de los vástagos, ignorantes de lo verdaderamente cercano que estaban a la realidad. Para suerte de Alejandro y los de su raza, la verdad del mundo de tinieblas en el que se desenvolvía no se colaba en la realidad humana, al menos no lo suficiente como para ser preocupante.
La figura del conde Orlock brillaba en la pantalla, un evidente Nosferati. El aspecto deforme e inquietante, por no decir horroroso, de los miembros de este clan era el verdadero espejo en el que se reflejaba la naturaleza bestial de los cainitas, bestias depredadoras sedientes de sangre, condenados o bendecidos (según a quien se le preguntase) a caminar por la eternidad entre las sombras perpetuas de la noche, alimentandose del vitae, la vida misma que corría por las venas de los seres vivos.
Alejandro de la Torre era un miembro del clan Toreador, conocidos en la sociedad cainita como atractivos seductores, amantes de las artes y de la belleza. Había algo de cierto en aquel estereotipo, Alejandro amaba las arte, su habilidad como Luthier lo colocaba dentro de este círculo; sin embargo en su interior se sentía igual a como lucía el conde Orlock.
Se levantó de la silla y dio algunos pasos en su camarote, se acercó a la mesa junto de la cama en la cual había una copa contenedora de un líquido carmesí. Alejandro dio un sorbo y dejó que la sangre y su fuerza mágica corriera por su cuerpo, frió, muerto, libre de la descomposición por el mismo acto que en ese instante realizaba.
El viaje desde Viena había sido largo, la Príncipe le había concedido una final cortesía al permitirle viajar en el barco de carga en el que se encontraba. Utilizaba el camarote especialmente preparado, sin ventanas ni fuentes de luz externa, que usualmente utilizaban los enviados de Lucía. Encerrado entre los muros de hierro pensaba en las últimas ordenes quehabía recibido.
Nunca podría pisar nuevamente Viena, en eso habíasido muy clara, su silencio estaba garantizado; lo cual era de agradecer ya que la Diableríe no es un acto del que hacer eco. Sin tener la obligación había aceptado la misión de la Principe, ser su embajador en tierras Ibéricas, espescíficamente en la ciudad de Barcelona.
Se acerco al proyector y lo detuvo, la luz del foco se fue apagando lentamente hasta que la ternura de la ocuridad llenó nuevamente la habitación. Si, era cierto, el aceptar la misión de Lucía le ponía en buenos términos con la Principe, sin embargo no era ella quien le preocupaba, despues de todo, un vástago preocupado por la Gehena tiene peces más grandes que freir en su mente que interesarse por un simple chiquillo como él.
No, realmente quien le preocupaba era la otra persona que había escapado de la muerte definitiva aquella  noche. Marko no era un ser irracional, pero si que sabía mantener la llama del rencor vivo en su interior. Estaba seguro que ahora su deseod e venganza estaba dividido, una parte para su sire en desgracia y otra para aquel que casí acaba con su no-vida.
Alejandro sintió lavibración del barco, por el cambio que percibió podía intuir de que estaban por atracar en el puerto de Barcelona, en medio de la noche como estaba calculado. Si, esta debía ser el centro de su atención ahora, Barcelona; su astucia lo había llevado hasta este punto, tendría que seguir utlizándola para poder llegar hasta el próximo capítulo de la historia.
Sintió como el barco se detenía del todo, al igual que lo hizo su mente, si Marko llegare a reaparecer, estaría listo para lidiar con él.
Alejandro se colocó el abrigo y tomó camino a la cubierta, quería admirar el paisaje de su nuevo hogar. La brisa marina le dio la bienvenida, por suerte o desgracia no sentía ni frío ni calor. Lo que si sentía era la emoción del momento, las luces de la ciudad condal que le daban la bienvenida, ignorantes como aquel pueblo donde desembarcó el Conde Orlock, inconcientes que al igual que aquel barcó trajo la plaga y la muerte, este traía también a una bestia y a un deprededor, uno con rostro de angel pero el corazón negro como la peste.
Alejandro de la Torre sonrío, comenzaba un nuevo movimiento de su sinfonía particular.

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