Lunes, 11 de mayo de 2009
Por Byjana @ 0:09  | Relatos
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El paisaje de la Umbra era realmente bonito. A Rastalf le parecía familiar, de algún modo. Era como el mundo real, solo que los colores tendían, de una manera irremediable, hacia el azul turquesa.

-La segunda ley es que deberás combatir al Wyrm allí donde more y prolifere, -Continuaba Lanegra a sus espaldas.- como habéis hecho esta noche…

Parecía que todo estuviese cubierto de una suave neblina. Las formas de los objetos parecían difuminadas. Pero no todo era igual de impreciso. Aquellos edificios que parecían más antiguos se veían más nítidos, mientras que aquello que se encontraba en movimiento no tenía reflejo en la Umbra. Los únicos seres vivos que podían ver desde allí eran los árboles y plantas, éstas borrosas dada su fugaz existencia, y aquéllos luminosos e imponentes en su longevidad.

- …y deberéis siempre respetar el territorio del prójimo, así como deberéis someteros a los garou de mayor posición…

A medida que seguían a la lúnula, la niebla aumentaba, o los contornos se hacían más imprecisos, no pudo asegurarlo. Parecía que ascendían, caminando sobre el aire. Entre la ya muy espesa niebla, le parecía distinguir las copas de los árboles, los techos de algunas casas, todo era muy irreal. Si miraba a sus pies sólo veía niebla que lo teñía todo de azul.

- …en combate. No siempre se puede vencer, aunque luchemos por la victoria. Cuando eso ocurra, la Letanía dice que deberemos aceptar una rendición honorable, que… -Continuó la mulata, pero Pachiego la interrumpió con un montón de improperios. Rastalf entendió que el vasco pretendía patear no-se-que, desgarrar algo y arrancar alguna-otra-cosa. Al poco se calmó y Lanegra siguió con su explicación. – El honor es muy importante. La Letanía también dice que debes dejar la primera parte de la presa para el de mayor posición. La estructura social es algo muy…

El hippie rió para sus adentros. Pensaba que, cómo había quedado en última posición en los retos, para él debía ser la última parte del banquete. Se imaginó cómo presa un pequeño conejillo, y él recibiendo su huesuda patita… de la suerte. “Vaya”, pensó, “parece que ya estoy pensando como un ragabash”. Sacó la bolsita de hachís de sus pantalones prestados y depositó un pellizco en su mano. Miró alrededor, más por costumbre que por necesidad. Ahora la Umbra era una nube azul tan compacta que no veía ningún perfil del mundo físico.

-¡Pues claro! ¡No deberás nunca comer la carne de los humanos!... –Seguía Lanegra.

Sus pies se desplazaban sobre el paisaje cómo si estuviese andando sobre una cinta transportadora. Tenía la sensación de que si paraba de andar, seguiría desplazándose igualmente. Demothy señaló al frente y Artemisa avanzó junto a él con Gabriel. Más allá del dedo del indio la nube se volvía oscura y oleosa. Sin apartar los ojos del cenagal que se extendía más allá de donde se encontraban, puso su mano en el bolsillo y sacó su paquetito de papel de liar.

-¡Mira, Pachi! ¡Ya estamos llegando! –Dijo la mulata detrás de él.- Perdona… ¿por donde iba? ¡Ah, sí! Mira, como te decía, respetarás a todos los inferiores, pues todos son de Gaya… -Y escucho a Pachiego mascullar algo sobre Artemisa.

Eso de que ya estaban llegando le hizo pensar. La cloaca debía ser esa masa negra que parecía fuera de lugar allí delante. Comprendió la reticencia de Lu a ir allí. No sabía si era su imaginación, pero parecía que empezaba a oler un tufo acre altamente desagradable. Se concentró en el arduo trabajo de sacar de un mordisquito uno de los papeles para el porro.

-…para mantener a los garou a salvo y libres para realizar nuestro cometido, los humanos no deben saber que existimos. Por eso la Letanía dice que no debes descorrer el velo, no les debes mostrar lo que eres…
Al acercarse empezó a sentir el progresivo descenso. El color turquesa cedía a un verde enfermizo que lo inundaba todo. La pequeña lúnula había perdido brillo y su color blanco inmaculado se había manchado de marrón. Se escondía detrás del hombro de Demothy. Enroscó distraído el porro.

-…en la enfermedad, no dejarás que tu pueblo te atienda. Quizá es una de las leyes que menos se obedece, al menos a simple vista. Si quieres, cuando encuentres a un phillodox, puedes pedirle que te explique… -Seguía Lanegra.

-¡Que olor más desagradable! –Se quejó Gabriel delante suyo.- ¡Huele peor que la habitación con los seis tipos dentro!

Rastalf estaba de acuerdo. Lamió el borde del papel y concluyo su canuto. Pensó que le haría falta. Empezó a ver con nitidez, a medida que se acercaban, cómo el cenagal oleoso se transformaba en un paisaje desolador. Una capa de limo negro cubría el suelo. Los árboles, aunque todavía vivos, se retorcían en su enfermedad y aparecían deformados y supurantes de un pus amarillento e insalubre. Unos limacos del tamaño de su brazo se arrastraban por el suelo con pasmosa complacencia. El aire olía a vómito y era tan denso que parecía que estuviese respirando aceite.

-Puedes desafiar al líder, -Seguía Lanegra a su espalda.- pero sólo en la paz, nunca y bajo ningún concepto mientras corran tiempos de guerra…

Reprimió una nausea. De golpe se dio cuenta que el porro ya no le apetecía tanto. Pero igualmente lo prendió. Dio la primera calada. Su olor conocido y agradable alejó un poco el hedor del cenagal. Al frente vio como Demothy también se encendía un cigarrillo. Lu vibraba atemorizada escondiéndose detrás de la protección que ofrecía el hombro del indio, que se había parado frente a ese asqueroso lugar. Ahora, cómo en el parquing de la discoteca, todos los contornos eran visibles. Habían llegado a la inmunda cloaca.

-¿Ves esto? –Dijo la mulata, al tiempo que se reunía con los demás.- La última ley de la Letanía dice que no deberás realizar ninguna acción que provoque la profanación de un túmulo, es decir, no deberás consentir algo como… esto.

-Pero… ¿Qué mierda es eso, joder? ¡Es asqueroso! ¡Ahíva la ostia! –Se quejó Pachiego.

-Esto… -Le contestó Lanegra.- es el Wyrm.

-Artemisa, -Le preguntó Demothy.- ¿Tienes el potecito ese?

La pregunta fue retórica. La mujer ya estaba desenroscando el tapón cuentagotas. Rastalf miró el tamaño del pote y calculó mentalmente que la cantidad de líquido no excedería la ridícula cantidad de unas cuantas cucharadas. Allí apestaba demasiado para que… ¿Apestaba? Del hedor que había notado, sólo quedaba un leve tufo acre. Los compañeros se miraron. Una sensación de rabia contenida e impotencia se apoderó de Rastalf. Así que era cierto. Artemisa, no contenta con el resultado, vertió sobre el suelo cenagoso parte del contenido de la botellita. El olor de rosas apareció, llevándose hasta el último resquicio de pestilencia de aquél lugar. Como si nunca hubiese existido. Cómo si la cloaca entera fuera parte de un decorado, cómo si su suciedad y corrupción no fueran reales.

-Esto no mola. –Sentenció. Los compañeros asintieron en silencio.


Tags: Manada_Luna_Fría

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