Lunes, 16 de marzo de 2009
Por Byjana @ 8:27  | Relatos
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Pachiego estaba a medio bajar. Escuchó la demanda de auxilio y apremió la marcha. Ya no había motivo para seguir en forma homínida. Mientras corría mutó su cuerpo a la forma guerrera de crinos. Llegó a la segunda puerta. Tras ella, atenuados por el grueso del metal, se escuchaban sonidos de pelea. Tanteó el pomo y vio que estaba cerrada con llave. Golpeó la hoja con todas sus fuerzas. El sonido retumbó escaleras arriba, pero la puerta ni si quiera se agrietó. Volvió a cargar contra ella.


Drackk escuchó el trompazo en la puerta. Esperaba que pudiesen abrirla pronto. No sabía cuánto tiempo podrían aguantar. Los hombres de esa habitación habían resultado ser de todo menos hombres. Dos de ellos se habían arrancado la piel, y se sus cuerpos rezumaba un líquido negruzco. Era como una especie de ácido corrosivo. Al golpearles, con sus garras de crinos, lo había comprendido enseguida al ver su carne chamuscada allá donde había entrado en contacto con ese líquido. La mujer y otro de los hombres, que ahora parecían ocupados con Gabriel, habían desarrollado una especie de alas de mosca. Flotaban de acá para allá y sus cuerpos parecían blandos cómo una larva. Eran muy rápidos y ágiles, lo que les hacía muy difíciles de alcanzar. Los dos hombres que estaban detrás del atril conservaban sus ropas, pero a cada bocanada de aire, escupían unos asquerosos gusanos por la boca. Se acercaban a Natasha, que empuñaba ya su pistola.

-¡Mierda!-Mascullaba el de la cresta. -¡Esto es una encerrona, vamos a diñarla aquí!

Una de las criaturas rezumantes le atacó. Le golpeó en el pecho y lo dejó sin resuello. Un segundo le bastó para recuperarse y contraatacar. Sus garras se clavaron en un hombro de la criatura que chilló de dolor. El otro rezumante aprovechó su lado ciego para golpearle en el costado. Drackk sintió el crujir de varias de sus costillas que se rompían. Un agudo dolor se desparramó por su cuerpo. Al tratar de apartar al segundo engendro de un codazo, la sustancia viscosa cubrió su brazo, dejándolo en carne viva.

-¡Daos prisa, joder!-Chilló a quien fuera que estuviera en la puerta.


Rastalf despertó de golpe. Era Gabriel, y parecía que lo tuviese jodido. Olvidó a las mujeres de la barra y empezó a correr escaleras abajo. No sabía lo que se encontraría, pero fuese lo que fuese, mejor estar preparado. Mutó su cuerpo a la forma intermedia de glabro. A medio camino escuchó un fuerte estruendo. Y luego otro. Llegó ante la puerta antes que Pachiego impactara contra ella por tercera vez. La puerta estaba casi intacta.

-¡Déjame, tío!-Le dijo al de la chapela.- ¡Así no conseguirás nada! ¡Voy a probar de forzar la cerradura!

-¡Ahíva la ostia, joder! –Maldijo.- ¡Esta puerta es de alta seguridad!

Se apartó, pero la sensación de tener que esperar no le gustaba. Golpeó la pared con los nudillos y vio que temblaba. ¡A lo mejor se había equivocado de blanco! Tomó impulso y cargó de nuevo. Cascotes de yeso cedieron… y volvió a intentarlo.


Gabriel se las tenía con un engendro volador. Había impactado contra él con su bastón, pero su consistencia gomosa hacía las veces de acolchado y parecía no estar haciéndole mucho daño. En cambio el bicho era ágil de veras. Sintió el movimiento de aire que precede a un ataque. Se agachó y pudo esquivar el aguijonazo del mutante. Volvió a intentar impactarle con el bastón, era como probar de darle a una piñata en movimiento. Falló. El ente volador se colocó a su espalda con un rápido movimiento. Le clavó el aguijón en los riñones. Junto al dolor le llegó una oleada de rabia. Se giró con una velocidad inaudita y le golpeó con todas sus fuerzas. El bicho volador se estampó contra la pared, cerca de donde estaba Natasha, y quedó aturdido. No sintió venir al otro, que lo embistió y le hirió en un brazo. En el mismo momento le llegó a su sensible olfato un hedor de pelo quemado.

-¡Drackk!-Le gritó.- ¿Va todo bien?

-¿Tú qué crees?-Masculló.

-¡Natasha! ¿Cómo lo llevas?

-¡Esto es asqueroso!-Gritó ella. Escuchó un disparo.

Quien fuera que estuviera en la puerta había dejado de golpearla. Eso no iba bien. Escuchó un murmullo sordo y metálico. Probaban de forzar la cerradura. Rastalf, seguro. Un golpe contra la pared retumbó en toda la estancia.

-¡Aguantad, que ya viene la caballería!-Les dijo.


Artemisa no pudo evitar mirar en dirección de donde venia el aullido. Lanegra la vio.

-¿Lo has escuchado?-Le preguntó, atónita. No había razón para negarlo, la había visto, se había descubierto. Afirmó con la cabeza.

-¿Eres… de las mías?-Insistió la portuguesa. Artemisa volvió a afirmar.

-Ez mi compañero.-Confesó.

-¡Mierda! ¡Pues parece que está en apuros! ¿Vamos?-Le dijo, cogiéndola de la mano.

-¡Vamos!-Contestó Artemisa. Eso no tendría que haber ido así. ¿Lanegra le ofrecía ayuda? ¿Qué estaba pasando? Las dos mujeres empezaron a correr en dirección a las escaleras.


Demothy fue el último en bajar. A la carrera mutó su cuerpo a crinos. No debía haber permitido que bajaran solos. En las escaleras se encontró con Artemisa también en su forma guerrera, y a otro crinos hembra, de pelaje negro. Corrían escaleras abajo. La hembra negra había afilado sus uñas contra la pared. Unos surcos profundos recorrían las escaleras. La vio empujando a Artemisa e instándola a hacer lo mismo. Al llegar abajo, precediendo su llegada por sólo unos segundos, un pequeño clic metálico anunciaba que Rastalf había conseguido forzar la cerradura de la puerta. Lo que vio dentro de la sala no parecía nada halagüeño. Una especie de bicho con alas atacaba a Gabriel y esquivaba uno tras otro sus intentos de atizarle con el bastón. Otro de ellos yacía despatarrado encima de una mesa que había en el centro de la mesa. Natasha, disparando, mantenía a ralla a dos individuos más, vestidos con una bata de científico, que parecía que sacaran espumarajos por la boca. Al fijarse mejor se dio cuenta que eran asquerosos gusanos. El aspecto de Drackk parecía deplorable, con unas llagas que le cubrían la mitad del cuerpo. Aunque uno de sus atacantes parecía muy maltrecho, el otro, que parecía fresco, se giró para atacar a los recién llegados.

Las dos hembras se lanzaron en pos del individuo volador que acosaba a Gabriel. Pachiego fue directo contra el atacante de Drackk que le plantaba cara. Rastalf dudó unos segundos que fue lo que le bastó a Demothy para adelantarlo y enfrentarse a los hombres que escupían gusanos.

-¡Cuidado con los mocos negros! -Chilló Drackk a Pachiego. Pero era demasiado tarde. Había envestido al hombre sin piel y el ácido le había tocado el pecho.

-¡Ahivá la ostia, joder! -Se quejó el crinos de la chapela. Pero de alguna manera, en el calor de la pelea, no sintió el dolor, y atacó de nuevo a su contrincante. Lo apuñaló en el vientre. La sustancia corrosiva lo salpicó en la mano y el antebrazo. Pachiego ignoró el dolor propio pero disfrutó con el ajeno. Paladeó el aullido lastimero de su víctima mientras ésta luchaba por extraer las garras de su cuerpo. Con un tirón lo consiguió, con la evidente frustración del gran crinos.

La hembra negra saltó sobre la mesa y se dirigió como un rayo sobre el ser alado que hostigaba a Gabriel. Sus garras silbaron en el aire como navajas, mientras bajaban en un arco y cercenaban de cuajo una de las alas de mosca de la criatura. Incapaz de mantener el equilibrio con una sola ala, el ser titubeó. El crinos albino aprovechó ese momento para desgarrar su flácido cuerpo. El ser cayó al suelo, en medio de un gran charco de sangre grumosa.

Artemisa, al ver que Gabriel había puesto fin al alado, giró en redondo y se encaró con uno de los que todavía iban vestidos. Su cuerpo acusaba varios balazos, de los que rezumaban gusanos blancos y rechonchos. El engendro la vio venir y le lanzó un escupitajo de moco agusanado. Ella lo esquivó, haciendo gala de una agilidad soberana. Sentía sus garras vibrando, estaban mucho más afiladas. Se lo había enseñado Lanegra. Y ahora luchaba codo con codo con ellos. ¿Les había mentido Phillip? Se lanzó como una flecha sobre su enemigo y de un tajo abrió un surco en su carne. Por la herida rezumaron más gusanos que se engancharon a la piel del crinos de oro y plata. Eran gusanos carnívoros. Sacudió la garra, asqueada, momento que el ser aprovechó para atacar.

Drackk, ignorando sus heridas, se fijó en que la cabeza de su contrincante no estaba cubierta por el limo negro. Enfocó toda su rabia en un único ataque, veloz, fulminante. El engendro cayó al suelo con la cabeza reventada. El crinos vio que en segundos su cuerpo se fundía con sus propias exudaciones. Se giró a tiempo para ver que uno de los hombres con bata de médico atacaba a Artemisa. Se lanzó contra él de una embestida que lo hizo volar por los aires.

Demothy se encaró con otro de los seres que rezumaban gusanos. El engendro abrió sus fauces agusanadas dispuesto a clavarle una dentellada corrupta. El crinos de la trenza le esquivó la primera envestida, pero con una finta inesperada, el ser le aferró el brazo y le clavó sus afilados dientes. Sintió el aguijonazo de la mordedura, pero con una fuerte sacudida se libró de la presa. El indio se fijó en el estupor reflejado en el rostro de su atacante, cuando vio que la herida de su brazo estaba limpia y empezaba a cicatrizar. ¿Era inmune a los gusanos del Wyrm? Aprovechó esos momentos de duda para atacar. Cómo había visto lo que había sucedido cuando Artemisa había perforado el cuerpo, decidió golpearlo con todas sus fuerzas. El puñetazo del crinos le hundió el esternón. El ser boqueaba en un intento de inspirar de nuevo. Desde su lateral recibió dos balazos en la pierna que empezaron a supurar más gusanos.

Gabriel, blandiendo su bastón, se acercó a la carrera en pos del ser contra el que luchaban Artemisa y Drackk. Sin detenerse, describió un arco con su bastón como si empuñara un sable, y golpeó de pleno al engendro. Cayó hacia delante con un rugido de dolor. El crinos de oro y plata le dio un puñetazo en la mandíbula. La fuerza del impacto fue tal que la criatura cayó al suelo desnucada.

Sólo dos criaturas seguían el pié. Rastalf, mutado ya su cuerpo a la forma guerrera, emprendió una hazaña épica. De un salto se plantó sobre la mesa que crujió bajo su peso. Recorrió en un parpadeo los escasos metros que le separaban del atril que estaba situado al otro lado de la sala, saltó sobre él como si fuera un trampolín, y con una agilidad nada propia de un cuerpo tan enorme, giró en el aire en una espléndida voltereta. Tras quedar suspendido en el aire los eternos segundos que preceden al descenso, cayó sobre ambas criaturas a la vez, sumando a la fuerza del impacto la inercia de su ágil salto, y desgarrando sus cuerpos deformes con sus garras. Cercenó piel y hueso, y los fragmentos de cuerpo deformado se desparramaron por el suelo, momentos antes de ser consumidos por la negra sustancia que exudaba el ser supurante.

-¡Ahivá... la ostia... joder! -Se escuchó.


Tags: Manada_Luna_Fría

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