Domingo, 11 de enero de 2009
Por Byjana @ 16:05  | Relatos
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Su piel era de porcelana y sus cabellos de finas hebras de pelo natural, miraba con ojos de cristal y sonreía fríamente con sus labios pintados de rojo. Al otro lado del escaparate, la pequeña niña cubierta de mugre se ponía de puntillas, y pegaba su nariz llena de pecas al cristal para mirarla con detenimiento e imaginarse mil y un juegos que compartirían juntas… El juguetero salió de la tienda y le gritó para que se fuera al grito de “¡Largo de aquí cerda! ¡Sucia!”, pura rutina.

Corrió con sus pies descalzos hasta alejarse un par de calles, a su carrera, sonaban los pequeños platillos de la pandereta que le colgaba al cinto. Tuvo que vigilar con los carros de caballos, puesto que uno estuvo a punto de atropellarla. Cuando recuperó el aliento, ya había llegado a la plaza, donde se dirigió a su esquina, se quitó su gorro desvencijado para ponerlo en el suelo  y cogiendo la pandereta, bailó al ritmo de una canción que ella misma había oído años atrás. La gente la miraba, la ignoraba, o la criticaban por no ser tan entretenida como el malabarista o el traga fuegos. De vez en cuando le tiraban monedas, ya fuera por simpatía o por pena, mientras murmuraban “Pero qué niña más sucia…”, pura rutina.

Al caer la noche contó las monedas, tenía diez diez dos, no sabía contar más allá de sus dedos. Se dirigió hacia la parte trasera de varias tabernas y panaderías de la ciudad, solo se detenía en las que no habían ya vagabundos rebuscando entre las basuras. Encontró algo de pan y el resto de cosas ni tan siquiera sabía qué nombre tenían. Comió hasta que llegó otro vagabundo para gritarle que se fuera, fue entonces cuando volvió a correr con toda su alma, y a punto estuvo de nuevo de ser aplastada por los cascos de un caballo, pura rutina.

Se fue a la zona de las afueras, al vertedero, donde tenía su hogar, pequeños maderos, colocados de tal manera que le daban un poco de cobijo y la escondían del resto de la gente. Tuvo que espantar a un par de ratas a gritos y golpes con una rama, y una vez dentro de su hogar, cavó su agujero especial e introdujo las monedas, cada vez habían más, cada vez quedaba menos para tener la muñeca. El juguetero se lo había dicho, necesitaba una caja entera de monedas para poder tenerla. Tras volver a tapar el agujero, se acurrucó y cerró los ojos, pura rutina.

Abrió los ojos de repente, era noche cerrada, pero había oído un golpe muy fuerte, seguido de varios gritos. ¿Iría a ver qué era? Varias ratas chillaron y huyeron de donde procedían los gritos, la niña salió de su cobijo y se dirigió hacia donde procedían los gritos, una de las montañas del vertedero. Ascendió hacia la cima de esta con precaución, mientras las ratas pasaban a su lado. Y los gritos cesaron al tiempo que llegó a la cima.

Si piel era blanca como la porcelana y su pelo alborotado ondeaba con el viento, miraba con ojos curiosos y violáceos y sonreía cálidamente con sus labios sonrosados. Desde el borde del cráter que la rodeaba, la niña cubierta de mugre la miraba con ojos abiertos, imaginándose mil y un lugares de los que podría haber venido… La niña desnuda que estaba en medio del cráter se estremeció y empezó a reír por la sensación.

- ¿Hola?- dijo la niña cubierta de mugre.
- ¡La!- acabó diciendo la chiquilla desnuda después de balbucear un poco.
Bajó del borde y se acercó a la niña, era de su altura, tendría su edad…
- ¿No tienes frío?- le preguntó.
- ioooo.- dijo la otra después de volver a balbucear y reírse.


Dos naricitas mugrientas se pegaban al cristal de puntillas, una por interés en la muñeca del escaparate, la otra, por el afán de imitar a la otra.
- Y cuando tengamos una caja con monedas, se la damos y será mía.
- ¿Mía?
- No, si quieres tú también una, tendrás que conseguir una caja de monedas, bailando como yo.
- ¿Das?
- No, no te puedo dar de las mías o no  podré conseguirla. Pero te doy la mitad si bailas conmigo.
- Miiigo.
- Pero pídete una muñeca que no sea esa que es para mí.
El juguetero salió de la tienda enfadado como siempre y a grito de “¡Largo de aquí cerda! ¡Sucia!”. Cogió del brazo a su nueva compañera y salieron corriendo, mientras la recién llegada iba gritando “¡Cia! ¡Cia!” entre risas.

Al caer la noche contó las monedas, fueron diez diez siete, cenaron pan y algo que no sabían que nombre tenía y volvieron al cobijo. No tuvieron que espantar a las ratas y enterraron las monedas, acto seguido, se acurrucaron y cerraron los ojos.


- La mía es más bonita.- dijo la pequeña de ojos violáceos señalando una muñeca del escaparate.
- ¡Qué va! La mía es mejor.- le contestó la otra rascándose su nariz llena de pecas.
Ambas se apoyaban en el cristal con actitud descuidada, hacía dos años que no necesitaban ponerse de puntillas para observar las muñecas.
Su compañera solo se encogió de hombros.
- ¡Cuidado! ¡El viejo!- dijo la pecosa separándose del cristal. La otra lo hizo también al instante y se giró al tiempo que la puerta de la juguetería se abría. Antes de que el viejo pudiera abrir la boca, las chiquillas se alejaban a toda velocidad entre risas, que les impedían escuchar los insultos del tendero.

Llegaron a la plaza y se dirigieron a su esquina, la pecosa entonó una canción que ella misma se había inventado por la noche y empezó a tocar su pandereta, mientras, su compañera daba saltos y volteretas.

Risas resonaron por todo el vertedero, mientras dos pequeñas manos se afanaban en meter dentro de una caja un montón de monedas llenas de tierra. Las siguieron metiendo hasta que llegaron al borde de la caja, fue entonces cuando dieron un grito final, un grito de victoria, que se escuchó en todo el vertedero. Canciones resonaron por él, canciones improvisadas sobre niñas que juegan con muñecas.

Tardaron más de lo normal en llegar a la ciudad, la caja pesaba demasiado, varias veces tuvieron que pararse a descansar y tomar caminos por los que la mala gente no te preguntaba qué llevabas en la caja. Por fin llegaron frente a la tienda mientras una madre que salía con su hija, cambiaba de acera mientras decía “No te acerques, te pegarán piojos, están sucias”. No les hicieron caso, la nariz llena de pecas se giró hacia donde su muñeca le esperaba. Y no la encontró.

El juguetero nunca pensó que llegaría a ver tal estampa en su tienda, dos niñas, concretamente, aquellas que todos los días le llenaban de suciedad los cristales, cargaban con una caja hasta los topes de dinero, pidiéndole explicaciones por la falta de una muñeca vieja en el escaparate.
- La he vendido hace nada…- fue lo único que respondió.
La chica cubierta de mugre y con pecas dejó caer la caja y salió corriendo a la calle. Su compañera la siguió inmediatamente y el tendero se quedó a solas, observando el suelo de su tienda, cubierto de monedas.
- ¡Tengo la tienda llena con otras!- gritó antes de que la puerta se cerrara del todo.

La chica con pecas miró a los dos lados y empezó una carrera, su compañera la seguía detrás.
- ¡¿A dónde vas?!- le gritó sin dejar de correr.- ¡Te dejas la caja! ¡Dice que tiene más muñecas!
- ¡¡No quiero otras muñecas!!- le contestó la otra sin dejar de correr- ¡¡Quiero esa!! ¡¡Se la ha llevado la niña de antes!! ¡Tengo que encontrarla! ¿¡Dónde están!?

La gente se apartaba a su paso, la chica de las pecas no parecía querer parar su frenética carrera hasta encontrar lo que buscaba, el problema es que no sabía por dónde buscar, no aparecían… ¿Y si habían cogido un carro? ¿Cómo podría encontrarlas?
- ¡¡Izquierda!!- gritaron a su espalda. Giró la cabeza, su compañera aún la seguía.- ¡¡Gira a la izquierda!!- lo hizo y siguieron corriendo.- ¡¡Derecha!!- volvió a gritarle al cabo de un rato. No supo por qué le hizo caso en todas las indicaciones que le dio, y aún menos sabía su compañera cómo sabía el camino que tomar, pero tal era su decisión que no vacilaba en decirlo.

Llegaron a una calle muy ancha, desconocida para ellas, donde no paraban de circular los carros. En la acera de enfrente, de uno de los que estaban parados, bajaron la madre y su hija, portando esta última entre sus manos, la ansiada muñeca.
La pecosa sonrió y corrió hacia ellas.


…Ocho… Nueve… Diez… Diez y uno… Diez y dos… Los carros seguían pasando y la chiquilla de ojos violáceos no podía sino contarlos cada vez que uno volvía a aplastar el cuerpecito de su compañera… Diez y siete… Diez y ocho… La madre y su hija ya se habían metido en su casa… Diez diez tres… Diez diez cuatro… Avanzó para acercarse al cuerpo y Diez diez cinco venía a toda velocidad, se arrodilló ante la masa irreconocible y el conductor de Diez diez cinco gritó algo para que se apartara, no pensaba parar, no tenía por qué. Acto seguido su cuerpo explotó el miles de pedazos, al igual que el carro, los caballos y los pasajeros.
- No habrán más de Diez diez cuatro.


La desgracia colmaba la familia del joven Mario, su madre había muerto dos meses atrás a causa de la tuberculosis y su padre, comerciante de telas, había caído enfermo. Ahora debía llevar él mismo los productos al mercado de la ciudad vecina, pero debía de fallarle su sentido de la orientación, puesto que llevaba un día de camino y aún no había encontrado la ciudad, por más que miraba el plano, no veía más que tierra desierta… Los caballos empezaban a estar bastante cansados…
Miró por décima vez el plano, lamentándose de su desgracia cuando escuchó un suave tintineo, una niña que portaba una pandereta al cinto, se le acercaba por la tierra, caminaba sola y parecía bastante sucia.
- ¡Oye!- le gritó apara llamar su atención.- ¿Me podrías decir dónde está la ciudad de Garker?
La niña no paró de caminar mientras posaba sus violáceos ojos en los del chico.
- Estás en ella…- fue lo único que le dijo con una sonrisa y continuó su camino hasta que se perdió en la lejanía.
- Pues vaya con la pecosa…- masculló molesto Mario mientras volvía a mirar el mapa…

Tags: Historias_Varias

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Comentarios
Por Sharra
Domingo, 11 de enero de 2009 | 17:50
Vaya...la historia de la peque?a mas fuerte que hay en Arlington ahora..-

Como siempre muy buena-
Por Rafa
Martes, 13 de enero de 2009 | 0:28
Muy buena historia y muy bien narrada, me ha encantado.
Martes, 13 de enero de 2009 | 16:50
Bien, ya me empiezas a hacer caso y las historias son algo mas largas; toma una galletita, por buena ^-^
Ha sido espectacular la narraci?n y todo eso... pero no entend? bien el final ???Queeee???
 


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