Lunes, 15 de diciembre de 2008
Por Byjana @ 8:45  | Relatos
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-Bueno, zi ella va a buzcar ezo, yo iré a buzcar mi cámara digital. Noz zerá util. Zi uzamoz doz cámaraz tenemoz máz pozivilidadez. –Dijo Artemisa.

-Pues si ésta se va a su piso, yo me iré al mio. –Dijo Pachiego. –Tendré que dejarle mi gato a una vecina para que me lo cuide. El pobre, con lo buenazo que es. ¡Aivá la ostia, joder!

-No me jodas que tienes un gato. –Dijo Drackk.

-Sí, ¿que pasa?

-¡Que el menda odia a los gatos!

-Bueno, bueno. –Dijo Rastalf, conciliador. –Que el gato se va a quedar en casa de una colega del tio este, que no lo va a traer aquí, ¿Verdad?

-Gabriel, -Le preguntó el yankie. –¿Y tú que harás?

-Estaria bién ir a mi piso. Tengo un equipo informático adaptado en braille que quizá nos pueda servir.

-Bueno, pues yo iré contigo. No tengo nada que valga la pena recuperar de la residencia. Sólo libros. Y por donde parece que van los tiros, me parece que se ha acabado mi época de estudiante.

-Yo tengo que pasar por mi keli a ver si encuentro algo que pillar.-Dijo Drackk. –Pero me viene de camino. Os acompañaré.

-¿Cómo puedes decir que te viene de camino si no sabes donde vivo? –Preguntó Gabriel. Pero el de la cresta no respondió.

-No preguntes. –Sugirió Demothy. –Vamos a buscar algo de ropa en los armarios, que siento que voy en pijama.

Después de repasar varios armarios, tener que esperar el escrutinio de Natasha y probarse varias piezas que habían conocido tiempos mejores, consiguieron algo un poco menos vergonzoso para llevar puesto.

Los tres se encaminaron a casa de Gabriel. No quedaba lejos, usando el trasporte público podías llegar a cualquier parte en un momento. Su piso no era muy céntrico, un barrio tranquilo, todo lo tranquilo que puede ser un barrio de Barcelona. Subieron al tercer piso en ascensor. Los tres compañeros fueron parcos en palabras. Alertados de lo que podía suceder, andaban con cautela. Llegaron frente a la puerta del piso. La miraron durante largo tiempo. Demothy y Drackk se miraron entre ellos, y miraron a Gabriel que por deferencia al mundo había mutado su cuerpo a humano. El ciego, pese a su condición, comprendió el motivo de la espera. Se manoseó teatralmente la cadera y dijo:

-Ups, me parece que me he dejado las llaves en el otro pantalón.

No habían caído en eso. Esa extraña noche su cuerpo había cambiado. Después de haber visto las proporciones que adquiría la forma de guerrero, los tres compañeros llegaron a la muda conclusión que sus ropas con todo aquello que llevaban en los bolsillos debían estar tiradas por algún lado, hechas jirones. Por eso Phillip les dio esos pijamas tan elásticos. Por eso ahora iban vestidos con ropas que tenían más años que ellos mismos. Por eso ahora no tenían las llaves. Gabriel escuchó las pisadas de Drackk. Retrocedía hasta la ventana que daba al patio de luces.

-Oye, pive, ¿Esa ventana da a tu keli?

-Mmm... La cocina del piso da al patio de luces, sí, pero comprenderás que lo de “esa ventana” no contiene la información necesaria para que te responda con un sí o un no.

En el silencio que sucedió, donde tendría que haber habido un comentario mordaz, se escuchó unos pasos comedidos. Parecía que retrocedían. Fueron seguidos de unos pasos fuertes pero que no eran rápidos, corría a grandes zancadas. Un golpe, se había encaramado al alfeizar. Silencio tenso... y otro golpe, más fuerte y más lejano. Había saltado al otro lado. El sonido inconfundible de una persiana, primero tanteante, luego fuerte, que subió y bajó. La voz inconfundible de Drackk gritó desde el otro lado:

-¡Ya me he colao!

Gabriel y Demothy se dieron cuenta que estaban aguantando la respiración. Ambos carraspearon a la espera de que su compañero abriera la puerta desde dentro.

Volvieron a carraspear.

Drackk estaba tardando demasiado. No se escuchaba nada dentro del piso. Aquello no pintaba bien.

-Oye, Gabriel, si me prestas tu cinturón, lo ataré al mío y así podrás sujetarme. Si algo falla, al menos no me caeré al suelo... que está tres pisos más abajo.

Gabriel afirmó con la cabeza y se sacó el cinturón. Lo pasó por dentro del cinturón que llevaba el indio y lo afianzó a su muñeca. Escuchó a Demothy cómo se encaramaba al alfeizar de la ventana. Calculó desesperanzado el salto que debía hacer su compañero, y tanteó que el cinturón estuviera bien sujeto. Bueno, no quedaba más alternativa. Le escuchó contar.

-Tres,... dos,... uno,...

-¡Eh! –Les llamó alguien desde el pasillo. –¿Sus estáis divirtiendo?

Drackk apareció en el rellano de la puerta. Su voz sonaba divertida.

-¿Cómo es que has tardado tanto? –Le preguntó Demothy mientras se desenroscaba del cinturón de Gabriel.

-¡Oye! ¿Te digo yo lo que tienes que tardar para pegar un truño?

-Bueno, vale, es que nos habías... bueno, es que no sabíamos si... qué más da. Entremos y terminemos con esto.



Era su propia casa, pero todo parecía distinto. Los olores eran más intensos, la textura de las paredes parecía extraña. En ese momento se dio cuenta que su vida no volvería a ser la misma. Entró en su habitación. Todo estaba como él lo había dejado. Manipuló con cariño su portátil adaptado para invidentes y lo puso en su maleta. Cogió su bastón de repuesto y se despidió, no sin cierta añoranza, de su antigua vida. Se hizo el firme propósito de no mirar atrás, y encarar lo que la vida, y su recién descubierta diosa, Gaya, le trajeran. Gaya. Ese nombre no le era desconocido. Le traía extraños recuerdos de calidez y cariño. No lo entendía. Escuchó el sonido de unos pasos.

-Eh, rubio ¿Tienes ya el pesé o qué?

La voz de Drackk le sacó del ensimismamiento. Pero el sonido de esos pasos… tenía algo extraño. Le era familiar. Buscó en su memoria ese sonido. Siempre le había sido fácil recordar. Si se esforzaba lo suficiente podía acordarse hasta de los detalles ínfimos. Excepto de los primeros años de su vida, ahí sólo había una laguna vacía. El sonido de los pasos de Drackk, ¿por qué le resultaba conocido?

-Sí, ya lo tengo. También he cogido mi bastón. ¿Nos vamos?

-¡Coño, pero si te esperábamos a ti!

-Sí, -Dijo Demothy. –vayamos de nuevo al piso fra… de Phillip, que debemos organizarnos antes de ir al aeropuerto.

Se dirigieron de nuevo al ascensor. Gabriel seguía intentando pensar a que le recordaba el sonido de los pasos de Drackk. Zapatos, una talla más grande de la que necesitaría, suela de goma, poco usados…

-Demothy, -dijo Gabriel cuando no les escuchaba. –Drackk lleva puestos unos zapatos negros con una franja azul en el empeine, ¿no?

-Sí, -le contestó, sin poder esconder la sorpresa. -¿Cómo lo has sabido?

-De la misma manera que ya sé lo que ha estado haciendo mientras le esperábamos, -Contestó, divertido. –Esos zapatos son míos.

Tags: Manada_Luna_Fría

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Comentarios
Por Rafa
Lunes, 15 de diciembre de 2008 | 11:36
Je, nadie jode con un ciego. Sobre todo con un ciego lobo.

Esta muy buena la historia. A la espera de mas ^___^
 


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