Lunes, 24 de noviembre de 2008
Por Byjana @ 10:00  | Relatos
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Artemisa se despertó. Sobre su rostro, todavía adormecido, unos ojos pícaros rodeados de rizos pelirrojos la observaban. El joven gigante llevaba una gran chapela encasquetada sobre su cabeza. Le sonrió, pero ella no lo encontraba gracioso.

-¿Qué hacez?- le gritó.-¿Qué ze supone que eztoy haciendo aquí?

La habitación era pequeña, con dos camas, una de las cuales era donde ella se encontraba, la otra, con las sábanas revueltas, supuso que la había ocupado el hombretón.

-¡Oye maja, que solo quería ver si dormías, no es para ponerse así! ¡Ahivá la ostia, joder!- Le dijo el hombre. Artemisa lo observó. No había hecho ningún comentario desagradable sobre su manera de hablar. Se relajó. El recuerdo de su extraño sueño retumbando en su cabeza y de cómo se había despertado le daba la sensación de que había demasiadas cosas que no entendía. Sintió que volvía a enfurecerse.

-¡Déjame en paz!- Le dijo al de la boina. Bajó de la cama.

Y observó que su ropa había desaparecido. Durante breves instantes quiso girarse para ver la cara del hombre, pero descartó la idea. Se vistió con unas ropas que habían dejado sobre los pies de la cama. Una camiseta sencilla y unos pantalones de algodón, ninguna de las dos piezas parecía nueva. Torció el rostro en una mueca de desagrado y sin mediar palabra salió de la habitación de un portazo. El pasillo, al que daban dos o tres puertas más, giraba a la izquierda. Vio que en el final del pasillo había luz. Se escuchaban unas voces apagadas y olía a café recién hecho. Siguió avanzando, titubeante y con cautela, sacó la nariz por la estancia iluminada.

Era una cocina office con una mesa en el centro, llena de bollería, jarras de leche y termos de café. Alrededor de ella estaban sentados unos personajes muy pintorescos, todos vestidos con las mismas ropas austeras que ella. Todos, menos una.

-Adelante, Artemisa, pasa.- Le dijo la mujer que vestía un elegante traje chaqueta.- Se que tienes muchas preguntas, igual que tus compañeros, y esas preguntas deben ser respondidas. Pasa y desayuna con nosotros.

Llevaba el cabello perfectamente cortado y peinado en una media melena caoba, y ocultaba sus ojos con unas gafas de sol. Sus movimientos eran calculados y perfectos, dominaba el arte de la etiqueta aunque en esta ocasión su refinamiento se viera fuera de lugar. Artemisa, con expresión desconfiada, se acercó a una de las sillas libres y se sentó. Fue entonces cuando reparó en él.

Un hombre, si se le podía decir así, de más de dos metros de altura, el cuerpo cubierto de un tupido bello blanco, estaba sentado al otro lado de la mesa. Su rostro no era humano, era cómo un lobo descomunal, con fauces plagadas de colmillos que hubieran podido desgarrar su brazo sin mucho esfuerzo. Con una calma nada propia de su feroz aspecto, se estaba comiendo una rebanada de bizcocho. Sus ojos tenían una expresión ausente. “Es ciego”, comprendió, y sintió una punzada de comprensión. En su mente los recuerdos del extraño sueño de esta noche lucharon por salir, pero ella los descartó, ya tendría tiempo más tarde.
Al lado tenía un joven enjuto y doblado sobre sí mismo. No le importaba lo que ocurría a su alrededor, sólo le daba importancia al canuto que se fumaba con una ceremonia extrema. Cogió la taza de humeante café que tenía delante y sorbió ruidosamente mientras se apartaba las rastas de la cara con la mano que sujetaba el porro. Artemisa enarcó una ceja. El hippie la miró. Su sonrisa se abrió cómo un abanico de dientes amarillos y le dedicó un movimiento de mano (la que sujetaba el porro):

-Hey.-Le dijo.

Ella no le contestó. Desvió su atención a otro de los presentes, una mujer. Era menuda, pero se sentaba orgullosa con una muestra de superioridad en su delicado rostro. Mojaba un trozo de cruasán en su café con leche. Su cabello rubio, torpemente atusado, intentaba darle un aire de elegancia. Había anudado su camiseta para que se le marcara su delgada cintura. Con desdén, en su mente, la etiquetó de pija.

En ese momento el hombretón de la chapela entró en la cocina. La mujer del traje le saludó y le invitó a desayunar, cómo había hecho con ella. Él se sentó con los ojos fijos en el contenido de la mesa. Ese hombre tenía algo que crispaba los nervios de Artemisa. Cruzó los dedos debajo de la mesa deseando que no se pusiera a su lado. Funcionó. Fue a sentarse cerca de un chico moreno que parecía de origen navajo. Fumaba compulsivamente un cigarrillo. Era el único que parecía prestar atención a lo que estaba ocurriendo allí. Con los ojos muy abiertos recorría todos los rincones de la habitación impunemente, como si no se acabara de creer lo que le estaba sucediendo. Como ella. Pero el joven indio disfrutaba con esta situación. El último de los reunidos había desgarrado las mangas de la camiseta para llevar al descubierto sus brazos. Con los músculos totalmente definidos bajo su piel morena, en la que lucía varias cicatrices. Llevaba la cabeza rapada y una cresta que le tapaba el ojo izquierdo. La miró y le hizo un pequeño movimiento con la frente. Ella se sorprendió devolviéndole el saludo. Apartó los ojos, ruborizada, y se sirvió una taza de café.

Tags: Manada_Luna_Fría

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Comentarios
Por Rafa
Lunes, 24 de noviembre de 2008 | 14:56
Leido y a la espera de m?s Wiiii
 


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