S?bado, 26 de julio de 2008
Por Byjana @ 8:47  | Relatos
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Como Dios infundió su aliento sobre Adán para darle vida, de la misma forma el abrasante calor castigó su cuerpo mientras traía a la vida su aún inconclusa figura. La oscuridad lo rodeaba, eso y el insoportable calor que parecia penetrar cada atomo de su fragil cuerpo, haciéndo arder la cruel llama de la vida dentro de si. Voces distantes se confundían en medio de la oscuridad de su prisión infernal, sonidos cacofónicos indiferentes al sufrimiento que padecía en esta camara de tortura. Trato de moverse, pero su cuerpo flácido no respondía, como una marioneta con los hilos cortados se econtraba inerte sobre la superficie dura que ardía con el calor absorvido quizás desde hace cuanto tiempo. Un intento de protesta se ahogo ante la ausencia de una garganta y de una boca con la que dar voz a su indignación ante tan vejatorio tratamiento de su joven vida, apenas llevaba unos segundos existiendo y ya estaba convencido de que el paso por este mundo era uno de sufrimientos.
Los minutos transcurrían y el calor continuaba inundando cada centimetro de su ser, maldecía en el silencio de su primitiva menta a aquel sádico ser que le daba la vida solo para someterlo a esta tortura. La indignación dentro de si parecía tener un efecto balsámico sobre su sufrimiento, por lo cual la alimentaba cada minuto con improperios a su invisible creador. Poco a poco comenzó a notar la fortaleza que emanaba de si mismo, una energía sobrenatural que le daba animos para continuar y que por alguna razón desconocía iba endureciendo su flácida figura, brindandole animos y llenandolo de la esperanza de que quizas esto solo fuera una prueba, una piedra en el camino puesta para determinar si era digno de poseer el fuego de la vida.
De repente, con la misma repentinidad que había despertado a la oscuridad, una luz cegadora se abrió al final del tunel y por primera vez en su corta vida vio un rostro, uno alegre y benigno, uno que despedía una expresión de satisfacción y de curiosa espectativa.
El rostro estaba unido a un cuerpo, uno que poseía una mano, una mano misericordioso que le trajo hasta la luz del mundo, un mundo en escala superlativa, donde todo era color, sonido y especialmente aroma. La mano que pertenecía al bondadoso rostro de una anciana lo retiro de su particular calvario y lo introdujo en mantas, calmando su dolor y su sufrimiento, dandole una oportunidad a su cuerpo de terminar de templarse como el mejor acero. Dándose una mirada a si mismo descubrío que su piel era morena, de un canela oscuro que podía ser la envidia de todos, de la misma descubrió que estaba desnudo, de la cintura hacia abajo, que tan solo una extraña y pesada camisa multicolor cubría su cuerpo. Su nariz pudo distinguir su propio aroma en medio de todos los que innundaban la estancia, era un olor exótico, delicioso, atractivo pero sutil.
Por primera vez comenzaba a alegrarse de estar vivo, de tener un lugar en el mundo, pero poco tiempo tuvo para disfrutarlo. Su última memoria fue la voz angelical de una niña que al momento que lo tomaba con su suave manecita comentaba en voz alta:
- ¡Gracias abuelita! ¡Mis favoritos, hombrecitos de gengibre! - dijo la cría antes de decapitarlo con una certera y poderosa mordida de su hambrienta boca.

Tags: Historias_Varias

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Comentarios
S?bado, 26 de julio de 2008 | 11:40
Buen texto si se?or. Con un giro inesperado bastante bueno. Me ha gustado

Como comentario: Lupus, el otro dia Byjana te habl? de Ceflefe, pues bien, este texto podr?as publicarlo all? tambi?n.
 


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